N° 8, Marzo-Junio de 2006
Paloma Cobo Ocejo*
Resumen: El trastorno psicológico más
frecuente del mundo actual es, sin lugar a dudas, la depresión. Los problemas
de falta de recursos económicos y las cada vez mayores exigencias sociales para
ir al ritmo de la vida «moderna», unidos a la soledad y a frecuentes
dificultades para establecer relaciones afectivas duraderas y gratificantes son
algunas de las causas del trastorno depresivo. Sin embargo, de toda la
población, los adolescentes y ancianos son
actualmente los grupos más vulnerables a padecer este tipo de trastorno, junto
a otros como la ansiedad, el alcoholismo y la demencia. Los expertos insisten
en que, en la mayoría de los casos, un adecuado diagnóstico y un manejo
terapéutico oportunos pueden ser la clave para el correcto abordaje de este
tipo de alteraciones. Palabras clave: adolescencia; depresión.
Evidentemente, a nosotros nos interesa más abordar este problema en la
edad en la que se encuentran nuestros estudiantes de bachillerato. La desestructuración que
actualmente suele caracterizar al núcleo familiar, el concepto de
competitividad y el estilo de vida consumista a la que constantemente se ven
sometidos los adolescentes son factores que los colocan como «uno de los grupos
de más alta vulnerabilidad para padecer algún tipo de patología mental»,
explicó el Dr. Manuel Trujillo, jefe de Psiquiatría del Hospital Bellevue, de Nueva York, en Estados Unidos, que ha
participado en el IX Congreso Nacional y III Internacional de la Medicina General Española,
celebrado en Madrid. Él ha comprobado que cada
generación de adolescentes multiplica su riesgo de depresión (Revista del IX Congreso Nacional de Medicina General. 17 de
junio de 2002).
Adolescencia: Síndrome normal
Para definir la
depresión en adolescentes es importante definir la depresión pero también
definir y entender en qué consiste esta etapa por la que están pasando nuestros
jóvenes. Sin que esto tome el curso de un estudio minucioso de la adolescencia
mencionaremos sólo los rasgos o características de ésta. En general, el
adolescente atraviesa por tres duelos importantes que son:
1. El
duelo por el cuerpo infantil, aquel cuerpo que ya no tiene y que está siendo
sustituido por uno que todavía no conoce y que le genera sentimientos
encontrados de vergüenza y aceptación, lo que es claramente un signo de
crecimiento.
2. El
duelo por la personalidad infantil, que enfrenta al adolescente a pensar y ver
la vida de forma distinta.
3. El
duelo por los padres infantiles, que ya no son aquellos héroes o ídolos
perfectos que uno miraba hacia arriba, sino que ahora se convierten en seres
humanos con defectos, virtudes, aciertos y equivocaciones.
El adolescente en general atraviesa una búsqueda de sí mismo y de su
identidad; va de tendencias individuales a tendencias grupales, un
comportamiento en el que busca uniformidad y una contención a tantos cambios;
tiene necesidad de intelectualizar y fantasear, sufre crisis de actitudes
sociales reivindicatorias y religiosas; presenta una clara denunciación
temporal en la que lo importante aparece siempre más cercano en el tiempo que
lo que no tiene interés; atraviesa por una evolución sexual que va desde el
autoerotismo hasta la sexualidad adulta, pasando por todas las formas de
sexualidad polimorfa que describiera Freud en Tres
Ensayos (Casullo, Bonaldi
y Fernández, 2000); vive una separación progresiva de los padres; tiene muchas
contradicciones en todas las manifestaciones de la conducta y del pensamiento y
sufre de constantes fluctuaciones del estado de animo y del humor. Está en un
proceso de adaptación a cambios físicos, intelectuales, sociales y emocionales,
intentando desarrollar un concepto positivo de sí mismo, así como experimentar
y crecer hasta conseguir su independencia. También está concentrado en
desarrollar un concepto de identidad y de valores personales y sociales, así
como en experimentar la aceptación social, la identificación y el afecto entre
sus pares. El desarrollar enfoques positivos respecto de la sexualidad, que
incluyan valores, consideración, placer, emoción y deseo dentro del contexto de
unas relaciones cariñosas y responsables es otra de sus tareas en esta etapa de
la vida, para finalmente llegar a ser plenamente conscientes del mundo social y
político que les rodea, así como de su habilidad para afrontarlo y de su
capacidad para responder de forma constructiva al mismo y poder establecer
relaciones con adultos, en las que puedan tener lugar dichos procesos de
crecimiento. A todo esto se le conoce como el síndrome normal de la
adolescencia (Hargraves, Andy,
Lorna y Ryan, 2004:18-19).
Para entrar en
materia, es importante señalar que toda definición de la depresión debería
asentarse sobre un doble pilar: el del
afecto y el de las ideas.
La depresión puede
ser un síndrome, es decir, un conjunto de síntomas, o bien, puede aparecer como
síntoma asociado en otra entidad o trastorno, por ejemplo, como consecuencia de
una enfermedad.
Etiología: como en todas las diferentes formas de la
conducta, al tratar de entender la etiología de la depresión tenemos dos
grandes vertientes: por un lado la cuestión endógena (orgánica) y por otro lado
la explicación psicológica (inconsciente). Es importante recordar la idea de
las series complementarias de Freud, donde nos indica
que ambas irán de la mano siempre, es decir, por un lado tenemos aquello con lo
que el sujeto nace, ya sea de orden fisiológico o emocional (por ejemplo, si
nace con cierta tendencia depresiva o no) y por otro lado tenemos el impacto
que provocará lo ambiental y las circunstancias particulares que rodean a esa
persona.
Desde una
perspectiva clínica, la depresión consiste en un estado de ánimo bajo, con
pérdida del interés en casi todas las áreas y actividades, lo que representa un
cambio drástico en la manera de ser de la persona, previo a la aparición de
estos síntomas, y con características agregadas como la alteración del apetito,
alteraciones del sueño, agitación o enlentecimiento psicomotríz, disminución de energía, sentimientos excesivos
o inadecuados de inutilidad, sentimientos de culpa, dificultades de pensamiento
o de concentración e ideas de muerte o suicidio recurrentes (9). También se presentan,
sentimientos de tristeza, de desamparo, amor propio disminuido, sentimientos de
que la seguridad está amenazada debido a la pérdida de algo o alguien que la
garantizaba e incapacidad de enfrentarse solo a las diferentes exigencias de la
vida (Mackinnon, 1973).
Desde una
perspectiva psicoanalítica, la depresión es básicamente la elaboración de un
duelo. Un duelo por algo que se perdió, algo que se tenía y que ya no se tiene.
En todas las situaciones algo se está viviendo como inalcanzable, algo se desea
tener y no se ha conseguido (Bleichmar, 1994).
Sin embargo, a diferencia de otros trastornos, la depresión no se
puede definir fácilmente por su génesis,
por lo que pone en marcha, ya que puede estar relacionada con la
historia del paciente y no ser una causa directamente relacionada en tiempo y
espacio con la presentación de los síntomas.
De lo anterior se
concluye que el núcleo de la depresión, en tanto estado, no lo podemos
buscar ni en el llanto, ni en la tristeza, ni en la inhibición psicomotríz, pues todos estos estados pueden o no estar
presentes en una persona deprimida. Sin embargo, algo que sí está presente es
el tipo de ideas que poseen en común todos aquellos cuadros en los cuales por
lo menos una de estas manifestaciones está presente. La no realizabilidad
de un deseo mediante el cual alcanzaría un ideal, o la consecución de un logro
menor que provoca que se sienta arruinado, fracasado, inferior, culpable. Es
decir, el núcleo de la depresión lo van a constituir estas ideas de inferioridad,
autorreproche,
fracaso, e incluso, en algunos casos, ideas de muerte.
Otra característica
de la depresión es que los afectos están entrecruzados con las ideas aunque se
trata de entidades separables (Bleichmar, Op. cit.). Tal entrecruzamiento
es muy visible en los casos de pacientes tratados con antidepresivos, en los
cuales queda expuesto que el químico trabaja sólo en los niveles que modifican
la conducta y, por lo tanto, en las sensaciones afectivas; pero donde también,
como consecuencia, se modifican los sistemas de ideas (autorreproches,
desvalorización, pesimismo, temas hipocondríacos, ideas de suicidio, etc.), que
asimismo se ven afectados por este tipo de tratamiento psicofarmacológico
(Ibídem). Es decir, las drogas actúan sobre los
afectos, sobre las emociones, y estas a su vez actúan sobre las ideas,
modificándolas.
Es importante
señalar que, por todo lo anterior, la depresión forma parte de los trastornos
del humor o de la afectividad. Lo complicado es que no todos lo síntomas deben
o pueden estar presente para que se realice el diagnóstico; es decir, puede
haber una depresión sin que haya autorreproches. Al
igual que, por ejemplo, la tristeza, puede estar detonada por los autorreproches, pero tampoco se puede explicar sólo por
esta causa (Idem.)
Como con la mayoría
de las patologías, existen grados dentro de la depresión. Así, tenemos la
depresión de duelo normal, la psicosis melancólica, la depresión neurótica, la
depresión anaclítica1, etc. (Id.;
ver también DSM III R,
1988)
Es importante mencionar
el DSM III, tanto por su
peso dentro de las concepciones médicas, como porque consiste en otra forma
diferente de clasificación. En este manual, la depresión se divide en depresión
mayor, distimia y trastorno depresivo no
especificado, clasificación que se basa sobre todo en la presentación y
duración de síntomas como: estado de ánimo deprimido, notable disminución de
placer o de interés en todas o casi todas las actividades habituales,
disminución o aumento significativo del apetito y del peso corporal, insomnio o
hipersomnia, fatiga o pérdida de energía,
sentimientos excesivos o inadecuados de inutilidad, ideas de muerte
recurrentes. Además, en todas las clasificaciones se dividen los trastornos en
leve, moderado y grave (DSM III
R, Op. cit.)
Dentro de las conceptualizaciones psicoanalíticas existen varios factores
importantes en la detonación de la depresión. Es importante resaltar algunos de
estos. En primer lugar está el papel que juega el narcisismo, en el cual se
entiende que el individuo se ha tomado a sí mismo como objeto de amor, por lo
que se ve a sí mismo como un ideal, sin embargo, este ideal no es como se
quería y por lo tanto no se pude amar a sí mismo, por lo que se vuelve
inalcanzable ese deseo. Esto puede ocurrir cuando el sujeto en cuestión triunfa
ante otros, pero ese triunfo no es reconocido por sí mismo debido a ataduras
inconscientes internas. Esto se llama colapso narcisista.
Por otro lado, la
depresión se puede dar ante los triunfos o éxitos logrados por otra persona que
funciona como un espejo ante lo que el sujeto no puede lograr.
Otro tipo es el de
la depresión relacionada a la culpa y a la agresión. Esta última, aunque es un
tema muy complejo y ligado a varios factores, podría simplificarse de la
siguiente forma: la agresión, considerada como la intencionalidad de provocar
daño o sufrimiento (físico o moral), sólo por el placer que ello implica (Bleichmar, Op. cit.) y que trae como consecuencia una culpa depresiva de
haber dañado al otro.
De todo lo anterior
se puede desprender que otra manera de clasificar la depresión depende del tipo
de ideal en juego que se encuentre perdido o lejos de lo alcanzable (Ibídem).
Así, si el ideal es
la perfección narcisista, cuando esta no se cumple y se da lo que llamamos
anteriormente un colapso, estaríamos hablando de una depresión narcisista. Si
el ideal hace referencia a no hacer daño, y algo se daña, entonces hablamos de
una depresión culposa. Esta culpa es consecuencia del sentimiento de que se ha
atacado al objeto y se lo ha dañado. Se da también el hecho de que se sienta
perdido al objeto de amor -por estar dañado- y que además de la culpa, se de
una depresión por la pérdida de este objeto. Aunado a esto viene un sentimiento
de mayor reproche (por haber dañado y perdido al objeto) y un sentimiento de
ser un sujeto agresivo, todo esto tan adecuadamente descrito por Melanie Klein en referencia a la
posición depresiva en los bebés (Segal, 1964; Klein, 1935).
También está la
depresión por pérdida de objeto donde no se cumplen las dos condiciones
anteriores y estamos ante una situación de duelo por muerte de un ser querido (Bleichmar, 1994). Es importante señalar que además se
pueden dar los casos mixtos donde en ocasiones se presentan diferentes patrones
al mismo tiempo, así como subclases en
cada tipo particular (Ibídem).
De todo lo anterior
podemos decir lo siguiente acerca de la depresión: sabemos que en primer lugar
se tiene un deseo que se mantiene; en segundo lugar, ese deseo tiene la
característica de inalcanzable o irrealizable, y en tercer lugar, se da una
fijación de ese deseo, es decir, la imposibilidad de pasar a otro (Idem.) También sabemos que aunque la tristeza puede ser un
síntoma de la depresión, no es lo mismo, y además no siempre está presente.
Entonces, para afinar un poco, la sintomatología de la depresión puede incluir
una inhibición motriz, lentificada o agitada, pero en ambos casos se ve
inhibido el poder de acción (es decir, no se puede concluir ninguna actividad);
asimismo se presentan autorreproches y visión
pesimista de la vida (Id.) (Es importante señalar que
la tristeza, a diferencia de los demás rasgos, es una identidad por sí misma y
que se define como tal, por caracteres propios.)
Ahora, si pensamos
en lo que hemos revisado de la adolescencia y lo que hemos descrito de la
depresión, aún falta preguntarnos, ¿qué es eso que han perdido los adolescentes
que se deprimen?, ¿de qué carecen?, ¿qué deseo sienten como inalcanzable?
Para responderlo, me
veo nuevamente ante una situación en la que no encuentro todas las respuestas.
Sin embargo, me parece importante que tengamos la mayor cantidad de información
posible para, de esta forma, poder acercarnos cada vez más a las respuestas.
¿Será posible poner todo el peso de esta respuesta en la situación económica
social actual? Como dice el Dr. Brocca, antes los
padres les decían a los hijos «estudia si quieres llegar a ser alguien en la
vida», ahora sólo se les puede decir «estudia y buena suerte»...
Evidentemente el
riesgo más importante de la depresión es el suicidio. En este sentido es
importante recordar que los adolescentes, como parte sustancial de su ser,
tienen factores suicidas intrínsecos, es decir, el adolescente cree que a él no
le va a pasar nada y tiene tendencia a realizar conductas de mucho riesgo, como
por ejemplo, manejar a altas velocidades.
Sin embargo, en
algunos casos, al observar más de cerca algunas de estas conductas sí podrían
estar relacionadas con núcleos depresivos. Como ya lo señalara Emile Durkheim (citado en Casullo, Bonaldi y Fernández,
2000), la tasa social de suicidio constituye un buen indicador del estado de
una sociedad, pues el aumento de suicidios suele estar asociado a problemas más
generales que afectan a todo el colectivo social. Él estaba convencido de esto
desde hace casi un siglo, cuando construyó esta explicación para dar cuenta del
aumento de las tasas de suicidios en su época. Pese al tiempo transcurrido, hay
autores que creen que la misma explicación puede servirnos hoy para iluminar
algunos aspectos del problema del suicido (Ibídem).
En México, de
acuerdo a los resultados de las encuestas del INEGI (2001), 60% de los intentos
de suicidio sucede entre la población de 15 a 29 años, así como 50% de los
suicidios (el resto esta dividido en: 40% entre personas de 30 y 40 años, 5%
entre 65 y 75 años, 3% personas de 75 años en adelante, y 2% en personas
menores de 15 años).
Está comprobada la
presencia de diferentes trastornos psicopatológicos en los comportamientos
suicidas (por ejemplo, importantes regresiones, empobrecimiento de las
funciones yóicas, uso inadecuado de los mecanismos de
defensa, etc.), trastornos que contribuyen a la génesis de comportamientos
suicidas en la medida que provocan sufrimiento psicológico, disminución de las
defensas yóicas, desesperación y desesperanza.
También se ha encontrado que más de la tercera parte de quienes completaron
actos suicidas, así como el 10% de los que revelaron tener ideas acerca de la
muerte eran consumidores de alcohol y otro tipo de drogas (Casullo,
Bonaldi y Fernández, 2000), actividades que sin duda
están en incremento en nuestra población adolescente2.
Es importante recordar
también que entre los principales procesos emocionales involucrados en
comportamientos autodestructivos pueden citarse: internalización
de sentimientos agresivos, identificación con personas que han muerto, autodevaluación, percepciones ilógicas e irreales de sí
mismo, autoatribuciones negativas, fijación de metas
personales de vida poco reales con expectativas ilusorias de éxito.
Las situaciones de
estrés, el abuso sexual familiar, conflictos familiares, problemas
matrimoniales en familias muy inestables, aislamiento social, el deterioro en
las habilidades sociales, la existencia de problemas serios en los vínculos con
el grupo de pares y amigos son otros factores de peso en los procesos
depresivos.
Es parte de nuestra
labor como docentes el estar con los ojos muy abiertos para detectar este tipo
de sintomatología en nuestros adolescentes, para poder brindarles la mejor y
más pronta orientación y que así puedan recibir la atención adecuada.
Bleichmar, H. (1994). La depresión: un estudio psicoanalítico.
Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires.
Casullo, M. M.; Bonaldi, P.D.;
Fernández, M. (2000) Comportamientos Suicidas en la Adolescencia.
Editorial Lugar. Buenos Aires.
DSM III R (1988). Manual diagnóstico y
estadístico de los trastornos mentales. Editorial Masson.
México
Freud, S. (1979). Tres ensayos de teoría sexual.
Editorial Amorrortu. Argentina.
Grinberg, L. (1978). Culpa y Depresión. Editorial Paidós. Buenos Aires.
Hargraves, Andy, Lorna
Earl y Jim Ryan (2004). «Una Educación para el cambio. Reinventar la
educación de los adolescentes». Barcelona, SEP, Octaedro (Biblioteca del
Normalista); citado en Los adolescentes y la escuela secundaria, SEP.
México.
INEGI
(2001). Hombres y Mujeres en México. Libro de encuestas y resultados. México.
Klein, M (1935). «A
contribution to the psychogenesis of manic-depressive states». Writtings.
Hogarth Press. 1975. Obras Completas. London.
Klein, M (1940). «Mourning
and its relation to manic-depressive states». Writtings. Hogarth Press. 1975. Obras Completas. London.
Laplanche, J.; J.B. Pontalis (1968). Diccionario de Psicoanálisis. Editorial Labor. Barcelona.
Lehalle, H. (1989). Psicología de los adolescentes.
Editorial Grijalbo. México.
Mackinnon, R. A. (1973). Psiquiatría Clínica Aplicada.
Editorial Interamericana. México.
Revista
Salud hoy, bienestar para todos. © EMSA,
Septiembre 2004.
Segal, H. (1964). La posición depresiva. Editorial Paidós. Buenos Aires.
Uriarte, V. (1991). Psicopatología
Básica Moderna. Editorial Sianex. México.
Notas:
* Licenciada en Psicología por la UNAM. Maestría en
Psicoterapia Psicoanalítica, Centro ELEIA (titulación con Mención Honorífica).
Diplomado en Hipnosis I y II, Grupo de estudios de la
Hipnosis. Diplomado en Currículum con Orientación Cognoscitiva, Instituto High Scope de México. Profesora
de Orientación Educativa y Psicología; psicóloga y asesora de bachillerato en
el Departamento de Psicología de la Escuela Moderna Americana. Psicoterapeuta
individual. Correo: palmacobo@prodigy.net.mx
1 Depresión Anaclítica: Término creado por René Spitz
para describir el trastorno que recuerda clínicamente a los de la depresión en
el adulto y que sobreviene de modo progresivo en el niño privado de su madre
después de haber tenido con ella una relación normal, por lo menos, durante los
seis primeros meses de la vida.
2 Trabajo y
encuesta realizados sobre Alcoholismo y drogadicción en la Escuela Moderna
Americana. Septiembre, 2004.
Índice
Revista Mexicana de Orientación Educativa N° 8